Por Jaime Fauré, académico de Psicopedagogía de la UNAB.
Como cada septiembre, las escuelas chilenas vuelven a llenarse de pañuelos, chamantos, vestidos de huasa, empanadas y ensayos de cueca. Para muchas familias, las Fiestas Patrias escolares son uno de esos rituales que parecen haber estado siempre ahí. Las reconocemos como una forma de mostrar y enseñar nuestras tradiciones, recordar nuestra historia común y celebrar aquello que sentimos como propio. Sin embargo, ese “nosotros” que las celebraciones dan por supuesto ya no es exactamente el mismo, y basta mirar hoy cualquier patio de escuela para advertirlo.
Un dato ayuda a verlo. En 2025, los estudiantes extranjeros fueron el 8,3 % de la matrícula escolar chilena. Dicho de otra manera, aproximadamente uno de cada doce estudiantes nació fuera de nuestro país. En algunas comunas y establecimientos la proporción es, por supuesto, mucho mayor. Venezuela, Perú, Colombia, Haití, Bolivia y otros países están presentes diariamente en nuestras salas de clases, no como una cifra, sino en los nombres, acentos, historias familiares y costumbres de quienes las habitan.
Frente a esta realidad, la pregunta parece inevitable. ¿Deben las escuelas concentrarse en enseñar las tradiciones chilenas o abrir también sus celebraciones a las culturas de las familias migrantes? Planteada de esa manera, la discusión parece obligarnos a escoger entre proteger nuestra identidad y hacer espacio para otras, como si ambas cosas fueran incompatibles. Quizá el problema, como ocurre tantas veces, no esté en cómo escogemos, sino en cómo formulamos la pregunta.
Años de investigación en psicología educativa nos han mostrado algo que puede parecer evidente, pero que no por eso deja de ser importante. La identidad se aprende. Nadie nace sabiendo qué significa ser chileno. Lo vamos aprendiendo al conocer nuestra historia, al escuchar determinadas canciones, al comer ciertos platos, al usar ciertas palabras o al participar en celebraciones familiares y colectivas. Aprendemos también a emocionarnos con algunos símbolos y a reconocer ciertas experiencias como propias. En otras palabras, aprendemos poco a poco qué significa formar parte de Chile.
Y en ese aprendizaje la escuela tiene un papel fundamental. Cuando una niña baila cueca por primera vez, cuando aprende por qué celebramos el 18 de septiembre o cuando conoce las distintas zonas, pueblos e historias de nuestro país, no está solamente recibiendo información. También está aprendiendo una forma de pertenecer a Chile, de ser chilena.
Eso es especialmente importante cuando pensamos en las niñas y los niños que llegan desde otros países. Pedirles que conozcan y respeten las tradiciones chilenas no tiene nada de problemático. Al contrario, conocer las costumbres, la historia y los códigos del lugar donde vivimos es parte de integrarse a una sociedad. El problema aparece cuando confundimos integrarse con renunciar, como si para llegar a ser chileno hubiera que dejar de ser venezolano.
Una niña peruana no debería tener que dejar de sentirse peruana para aprender a sentirse también parte de Chile. Un niño brasileño puede bailar cueca sin que eso haga menos importantes las costumbres de su familia. Una escuela puede enseñar con orgullo la historia y las tradiciones chilenas y, al mismo tiempo, reconocer que sus estudiantes llegan a ellas desde experiencias distintas. Por eso, el desafío es que todos los niños y todas las niñas puedan sentirse parte de la comunidad escolar sin tener que esconder u olvidar de dónde vienen.
También quienes nacimos en Chile tenemos algo que aprender de todo esto. La chilenidad que vamos a dejarles a las nuevas generaciones difícilmente será la misma que recibimos, porque Chile tampoco es ya el mismo país. Eso no supone abandonar nuestras tradiciones ni dejar de ser “verdaderos chilenos”. Las tradiciones se viven cuando nuevas personas las conocen, las practican y las hacen también suyas. Todos conocemos al famoso “Guatón Loyola”, pero muchos lo conocimos gracias a Los Tres.
Quizás ahí esté una de las oportunidades más interesantes que nos ofrecen las Fiestas Patrias en las escuelas. No están ahí solo para recordarnos quiénes hemos sido, sino para preguntarnos quiénes estamos siendo y quiénes queremos llegar a ser juntos. Porque tal vez el aprendizaje más importante que puede ofrecer hoy una escuela chilena sea otro. Que una niña o un niño pueda mirar una bandera que al principio le resulta ajena y empezar a reconocer en ella algo propio, sin olvidar de dónde viene.









